Un modesto film, un musical de nuestros días, un grito en pro de la libertad… difícil encuadrar esta película. Y es muy entendible que se la llenara de premios, al fin y al cabo demuestra, una vez más, que no se puede poner puertas al mar. Al margen de valorar la dictadura iraní, o las leyes del islam que hace incomprensible a los ojos occidentales la escena del perro, (para ellos es un animal impuro, para nosostros nuestro mejor amigo) lo que se despliega ante nuestros ojos es una visión de cómo se hace propia la cultura occidental en todos los paises: el cine o la música es la llave a una rebeldía juvenil, con una forma parecida en todos los lugares del mundo la letra marca la diferencia, la reivindicación, o no, depende de la creatividad individual. Hay un documental sobre el heavy en varios lugares del mundo que demuestra cómo la globalización tiene ese lado positivo, porque el arte, al fin y al cabo, es un valor universal, aunque sea un producto de compra-venta.
La película, sin la menor duda, fue premiada por su defensa de occidente frente a la dictadura iraní, pero también apuesta por un final no feliz, un final donde escapar a otro mundo no es posible y los sueños no siempre se cumplen.


